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Entrevista íntegra de Carlota Fominaya
al profesor Alberto Royo (ABC, 29042016):
«La escuela no necesita una
asignatura
de educación emocional o de felicidad,
sino cultura y conocimiento»
Alberto Royo, autor de «Contra la nueva educación»
ABC
por CARLOTA FOMINAYA
29/04/2016
[Alberto Royo es @profesoratticus en Twitter]
Guitarrista clásico. Musicólogo. Profesor
de Instituto. Así se define en su perfil de Twitter Alberto Royo, autor del
libro «Contra la nueva educación», donde hace una ácida crítica a las nuevas
corrientes que inundan el sector de la enseñanza. Página tras página, el autor
repasa de forma mordaz los principales dogmas pedagógicos posmodernos, y
elabora una defensa apasionada, pero no pasional, de una instrucción pública
«dotada de una efectiva función de palanca para la mejora personal de las
personas, y alejada de supercherías y propuestas excéntricas mejor o peor
intencionadas».
—Reforma
educativa, tras reforma educativa, los resultados parecen ser siempre los
mismos. Igual tasa de abandono, igual de malos resultados en PISA. ¿Es que dan
igual las leyes educativas?
—No se puede esperar un vuelco en los
resultados con leyes que son conceptualmente similares. La LOE es la LOGSE y la
LOMCE es las anteriores pero con diferente vestimenta. En el fondo, ninguna de
ellas sitúa el conocimiento en un lugar preferente. Por otra parte, si bien no
todo ha de estar condicionado por PISA, los informes sí nos indican que las
cosas no se están haciendo bien.
—Usted
asegura que entre los más graves errores cometidos quizá esté el de rebajar el
nivel de exigencia: el igualitarismo hacia la mediocridad, el desprecio del
conocimiento, la desconsideración hacia el esfuerzo y la aversión al mérito.
¿Esto sería con lo primero que hay que acabar? ¿Cómo?
—Recuperando el valor del conocimiento,
asumiendo que no es posible aprender sin esfuerzo, reivindicando la
meritocracia (que los mejores lleguen más lejos, no solo los que tengan mayor
capacidad, sino los más perseverantes y, claro, los más honrados, los que más
lo merezcan en definitiva, procedan de una situación mejor o peor), siendo
ambiciosos y no conformándonos con un nivel medio para todos sino apostando por
la excelencia (lo que no va en detrimento, faltaría más, del apoyo a los
alumnos con mayores dificultades). Y, por último, aclarándonos sobre qué
queremos que sea la escuela: un lugar en el que se aprenden conocimientos y
valores o un centro de entretenimiento y sociabilización, que «guarde niños» y
evite problemas porque no están en la calle.
—¿Es
prudente que un país que se encuentra a la cola de la OCDE en educación, y
tiene tal tasa de abandono, centre casi todos sus esfuerzos en imponer la
lengua de Shakespeare?
—Cuento en el libro cómo el actor
argentino Ricardo Darín explicaba en una entrevista por qué no ha querido
trabajar en Hollywood: porque pensar en otro idioma es muy difícil y porque
estaría renunciando a una herramienta muy valiosa. Este mismo razonamiento
sirve para la enseñanza. Un profesor ha de dominar la herramienta más
importante que tiene: la palabra. Y hacer que sus alumnos la dominen. Va a ser
su mejor medio laboral y profesional. Sin que eso suponga despreciar el
conocimiento de otros idiomas. La enseñanza del inglés (o del francés, alemán o
chino…) debe suponer un plus, no una sustitución. No puede ser que la finalidad
de una enseñanza secundaria sea hacer que nuestros alumnos chapurreen un idioma
extranjero y ya.
—Hay
una corriente de pedagogos que insiste en acabar con la enseñanza tradicional.
Pero usted apunta en su libro que, al final, el único sistema cuyos resultados
están demostrados es el del aprendizaje a través de la lección tradicional, la
clase magistral, los exámenes, los programas por objetivos… ¿Cierto?
—No es que sea el único sistema válido.
Lo que pienso es que un buen docente puede serlo utilizando una metodología
tradicional o innovadora. Lo que defiendo es que se deje de presionar al
profesor insistiendo en la necesidad de la innovación sin tener en cuenta si
esta va a mejorar o no el aprendizaje de nuestros alumnos. Hoy tenemos
congresos de innovación, cursos de innovación, premios de innovación... el
profesor que no innova es tachado de inmovilista, mientras se premian
metodologías extravagantes. Déjennos a los profesores que hagamos uso de
nuestra libertad de cátedra y enseñemos como mejor consideremos, según nuestra
forma de concebir la educación. De lo que se trata no es de enseñar a lo
antiguo o a lo moderno sino de enseñar bien.
En cuanto a la clase magistral, es
ridículo estar en contra de ella porque no es más que una clase excelente. La
palabra magistral se ha llenado de connotaciones negativas absolutamente
injustas. En todos los ámbitos (artísticos, laborales, deportivos,
empresariales…) se busca a un «maestro» que pueda explicar cómo mejorar en
conocimientos, técnicas o proyectos. ¿Por qué no en educación? Cuando he
impartido clases magistrales como intérprete (o cuando las he recibido) a nadie
se la ha ocurrido pensar que iban a ser soporíferas o perjudiciales. Al
contrario, en el mundo de la música una clase magistral es una oportunidad de
aprender, un disfrute, un lujo. Una clase, en el contexto que sea (un curso de
interpretación musical, un instituto, una universidad) no puede ser magistral
si es aburrida, monótona, plana... denostar la clase magistral es un ejercicio
de anti intelectualismo. Estoy seguro de que solo desprecia la clase magistral,
entendida, insisto, como una clase extraordinaria, quien no es capaz siquiera
de dar una buena clase. Para aspirar a impartir una clase magistral (y digo
aspirar porque no es sencillo) hay que estar muy preparado.
—Su
libro Contra la Nueva Educación insiste en que lo nuevo vende, lo viejo no, y
que lo peor de estas corrientes es que sobrevaloran lo emocional, la empatía,
lo original e infravaloran el esfuerzo, la constancia o el rigor.
—Sería urgente cambiar esto
restableciendo algunas certezas, algunas convicciones. ¿Cómo? Recurriendo a la
razón y a la experiencia. Entendiendo que nada hay más reaccionario que un
sistema público de enseñanza que iguale a todos en la vulgaridad. La cultura y
el conocimiento se devalúan si se regalan, si no se pide a cambio interés y
voluntad. Pero demostramos desconfiar de su valor cuando lo edulcoramos y lo
aligeramos para facilitar su adquisición. Además es profundamente injusto
socialmente hablando. Los alumnos que viven en un ambiente familiar donde hay
cultura, conocimientos, absorben estos de manera habitual: leen en casa,
escuchan música, visitan un museo, aprenden un vocabulario culto, leen la
prensa, comentan y escuchan comentarios de distintos temas… Mientras que los
alumnos que se mueven en ámbitos social y económicamente difíciles solo pueden
llegar a «aprender», a conocer estos saberes en la escuela. Si no se los dan
allí, carecerán de ellos siempre y partirán con una desventaja notable.
—Una
de esas corrientes aboga por la introducción de la educación emocional en todas
las escuelas. ¿Esto sucede a costa de tiempo para las Matemáticas?
—Es posible porque nuestros dirigentes,
con intención o no de idiotizar a la sociedad, no confían en el valor del
conocimiento, así que, si el conocimiento no es importante y la escuela no es
el lugar en el que transmitirlo ni el profesor quien lo atesora, toca buscar
otras metas: una de ellas es la educación emocional, como si fuera posible
separar la emoción de cualquier actividad que uno haga. Soy músico, ¿le parece
que es posible enseñar mi asignatura sin emoción? Hay más emoción en el aria de
las Variaciones Goldberg que en treinta congresos de educación emocional. No
necesitamos una asignatura de educación emocional. Necesitamos educación,
conocimiento y cultura. Y esto en sí mismo ya es emocionante. Apasionante.
—También
hay quien aboga por enseñar en la escuela a ser felices a los hijos.
—Cuando me dicen que los chicos tienen
que ser felices en la escuela, me pongo enseguida en guardia. Yo también quiero
que mis alumnos sean felices, claro. Mis alumnos, mi familia, usted, el
mundo... pero la escuela no es ni debe ser un centro de psicología positiva,
autoayuda y terapias alternativas y la felicidad no puede ser el fin de la
escuela. Es absurdo. Cuando preparé mi oposición no estudié nada sobre
felicidad y sí mucho sobre música. Porque ese es mi cometido: enseñar música. A
mí la música me apasiona y sin duda contribuye a mi felicidad, como estoy
convencido de que es importante para la formación de mis alumnos y que puede
proporcionarles cualidades valiosas que les podrán procurar disfrute en el
futuro: el desarrollo de la sensibilidad artística, el cultivo del paladar
musical y del gusto estético... o, al menos, una cierta cultura que, pese a que
para algunos parece que estorba o que no es «útil», nunca está de más. Pero
esto es algo que se alcanza con el tiempo y no de forma inmediata y en cuyo
proceso no siempre lo pasa uno en grande. Supeditar todo aprendizaje a la
comodidad, al bienestar y al placer es una irresponsabilidad que puede
convertir a nuestros alumnos en ignorantes narcisistas.
—Usted
advierte en su obra que hay cierta ofuscación con la innovación, la tecnología
y lo digital.
—Parece que es una buena forma de ganar
dinero y fomentar el consumo. Voy a ponerle un ejemplo, ahora que se empieza a
criticar también la escritura a mano y todo debe hacerse con el ordenador:
cuando uno toma apuntes en el ordenador, la propia rapidez de la pulsación hace
que anote cuanto escucha sin apenas darle importancia. Sin embargo, tomar
apuntes a mano, dada la menor rapidez con que la mano puede escribir, te obliga
a pensar y seleccionar lo más importante. Ya estás haciendo un trabajo
importante de cada al estudio que no puedes hacer con un portátil. La
tecnología es una herramienta que, como todas, debe utilizarse cuando mejore el
desempeño de una actividad, pero no por imposición.
—También
hay cierta ofuscación con la innovación, la tecnología y lo digital. ¿Por qué?
—Porque es una buena forma de ganar
dinero y fomentar el consumo. Voy a ponerle un ejemplo, ahora que se empieza a
criticar también la escritura a mano y todo debe hacerse con el ordenador:
cuando uno toma apuntes en el ordenador, la propia rapidez de la pulsación hace
que anote cuanto escucha sin apenas darle importancia. Sin embargo, tomar
apuntes a mano, dada la menor rapidez con que la mano puede escribir, te obliga
a pensar y seleccionar lo más importante. Ya estás haciendo un trabajo
importante de cada al estudio que no puedes hacer con un portátil. La
tecnología es una herramienta que, como todas, debe utilizarse cuando mejore el
desempeño de una actividad, pero no por imposición.
—Dice
usted que sir Ken Robinson, apoyado en la teoría de las inteligencias
múltiples, proclama que «todos los niños tienen talento». ¿Cuál es su opinión
al respecto?
—Que entiendo que es mucho más tranquilizador
decir que todos somos igual de inteligentes y que el talento está repartido a
partes iguales. El problema es que es mentira. Desgraciadamente el
conocimiento, la inteligencia y la capacidad no son democráticos, aunque sí
meritocráticos porque alguien que no tenga una gran capacidad, una inteligencia
o un gran talento puede llegar a desarrollar alguna actividad razonablemente
bien si tiene interés y persevera. Luego, cada uno puede confiarse al esfuerzo
o a las múltiples inteligencias. La elección es libre.
—También
hay modas en lo que respecta a cómo debe enseñar. Se habla de pedagogos
innovadores de la innovación, de profesores artistas, de docentes que dan
importancia al alumno porque este a veces sabe más que él y tiene todo el
conocimiento a su disposición, del profesor motivador…
—El conocimiento no es hoy más accesible
que antes. Tenemos internet como ya teníamos las bibliotecas. Un alumno formado
encontrará en internet muchas posibilidades de aprender. Un alumno ignorante
solo tendrá más oportunidades para perderse, quizá más que antes porque resulta
facilísimo tener millones de informaciones al alcance de una tecla. El alumno
siempre va a necesitar aprender a comprender lo que lee, a seleccionar lo que
encuentra, a relacionarlo con otras cosas, a confrontarlo con algunas más, a
resumirlo o expresarlo, a que sea punto de partida de su propio razonamiento o
deducción.
—Por
último, señala usted que vivimos en una sociedad sin exigencia intelectual, en
la que quien se esmera no siempre encuentra recompensa y quien busca atajos
muchas veces llega el primero. ¿Cómo lograr que nuestra aspiración sea
conseguir una meritocracia ética, una sociedad que posibilite que, quien se
conduce de forma honrada y tenaz llegue más lejos que quien no se comporta así?
—Es difícil. Los modelos sociales no
ayudan. Sin embargo, creo que debemos hacer lo posible por inculcar en nuestros
hijos (y nuestros alumnos) estos valores: la honradez, el esfuerzo, el amor por
el conocimiento, el gusto por el trabajo bien hecho. Tenemos la obligación
moral de convencerles de que nada es más satisfactorio que lo uno mismo
consigue por sus propios medios.